Hill + Knowlton

Marzo 17th, 2010

La mística como construcción

“Que la historia me juzgue. Pido perdón si me equivoco. Voto… mi voto no es positivo”. Así, entre suspiros, pausas y titubeos, el 17 de julio de 2008 a las 4:25 de la mañana, Julio César Cleto Cobos entraba en la inmortalidad. Hasta entonces, el vicepresidente parecía condenado a la indiferencia de parte de los libros de historia –o, si acaso, a ser sólo mencionado como el gris dirigente radical que aceptó acompañar en la fórmula presidencial a la senadora peronista Fernández de Kirchner–. Pero quiso el destino que Cobos tuviera que desempatar aquella votación en el Senado para que se abrieran las aguas del Mar Rojo delante de sus ojos y nada fuera igual desde entonces.

El conflicto entre el Gobierno Nacional y el campo generó pasiones sociales casi futboleras. Estudiantes, oficinistas, kiosqueros, mozos de bares y, por supuesto, taxistas, tomaron partido por los chacareros esquilmados por la voracidad de los K o, en su defecto, se embanderaron detrás del gobierno nacional y popular que quería poner coto a la ya prolongada hegemonía oligárquica. ¿Cómo fue esto posible? ¿Por qué un odontólogo de Almagro, sin contacto alguno con los avatares agropecuarios, pudo apasionarse con una fría resolución del Ministerio de Economía? ¿Por qué un grupo de diputados y senadores peronistas, hasta entonces leales al Gobierno Nacional, entró en franca rebeldía? ¿Cómo es que una oposición fragmentada, irrelevante, sin rumbo fijo, pudo encontrar un punto para hacer palanca, y mover el mundo político? ¿De qué manera una administración que lucía robusta, acostumbrada a caminar por el mármol pulido de la victoria, se metió en terrenos anegadizos, empinados y ahora casi intransitables? La respuesta a todas estas preguntas cabe en una sola palabra: mística.
Néstor Kirchner no cuadra del todo en los cánones de la belleza clásica y se viste con un desaliño pertinaz. Sus frases son más bien olvidables y, además, las pronuncia con un defecto en la dicción que invita a la parodia. Su tono de voz, sobre todo cuando arenga desde algún atril popular, se destempla. Los libros de marketing político parecen darle la espalda en cada uno de sus capítulos. Sin embargo, construyó poder casi desde la nada, se convirtió en el amo del feudo, y se dio el gusto de imponer a su mujer como candidata y de verla ganar cómodamente, cosa que ni Perón pudo lograr. No cabe en estas líneas una explicación rigurosa de cómo lo hizo. Digamos, simplificando, que la recuperación económica tuvo un rol innegable. Pero no fue sólo eso: antes de caer en desgracia, el matrimonio Kirchner gozaba de la simpatía de buena parte de la sociedad argentina por motivos sobre todo simbólicos. Intelectuales, artistas, dirigentes de organismos defensores de los derechos humanos y periodistas permanecieron indiferentes a que el dinero de Santa Cruz siguiera en el exterior, a que el Consejo de la Magistratura se convirtiera en una herramienta política del Poder Ejecutivo, a que los gobernadores –traicionando el federalismo– comieran de la mano del Presidente rico, a que el Secretario de Comercio Interior extorsionara a los empresarios, a que el INDEC contradijera a las góndolas mes a mes, a que una valija llena de dólares llegara con fines sospechosos desde territorio bolivariano. Adhirieron al proyecto nacional y popular porque los deslumbró su mística. La tierra prometida tomó el nombre de derechos humanos, de redistribución justa del ingreso, de apoyo a la industria nacional, de juicio y castigo a los culpables, de hermandad latinoamericana.

La propuesta kirchnerista supo comunicar. Cada decisión fue una batalla contra el Mal, y cada acto tuvo su ritual inequívoco. Como en toda gesta heroica, en el kirchnerismo nunca faltó la liturgia (al fin y al cabo, es peronista). Eligió bien sus nombres: la era de Néstor y Cristina se llamó “gobierno nacional y popular”. Tuvo, como debe ser, su etapa mítica: los años 70, en los que, impulsados por el idealismo igualitario, sus héroes lucharon contra el Mal, se fueron endiosando, y llegaron al merecido Olimpo.

La elección de la dictadura militar como enemigo emblemático fue clave desde el comienzo. Fue una manera de confirmar que estos maduros luchadores de ahora son una continuidad perfecta de aquellos jóvenes héroes. También sirvió para capitalizar la vergüenza y el repudio que todo argentino razonable siente por las atrocidades que cometieron los gobiernos militares. La liturgia en este sentido fue rica: el famoso “proceda” de Kirchner frente al cuadro de Videla y Bignone en el Colegio Militar fue seguido por múltiples entradas a tribunales de militares esposados, y por la Ministra de Defensa, Nilda Garré, ex militante de izquierda, pasando revista a las tropas. No quedaron dudas sobre quién es el Mal y, por oposición, quién encarna el Bien.
El capitalismo neoliberal de los 90 fue también un enemigo ideal. La era menemista, también profusa en simbología, resultaba perfecta. El valor iconográfico de María Julia Alzogaray envuelta en pieles rivalizaba con el mismísimo Menem apoyado en el capot de su Ferrari Testarrossa, en la quinta de Olivos. Sasónese esto con desocupación creciente, deterioro económico y casos sonados de corrupción, y póngase luego en el fuego lento de la mayor crisis económica y social de que se tenga memoria. El resultado fue exquisito: el Mal en estado puro, esta vez apodado “neoliberalismo de los 90”. Los héroes justicieros quedaron con la mesa servida. Sólo debían vapulear en público a algunas empresas multinacionales, re-nacionalizar nuestra aerolínea de bandera y volver a un sistema de jubilaciones administrado por el Estado. Una fiesta de símbolos.

Así las cosas, la batalla contra el campo fue Waterloo. El gobierno, cebado por sus victorias, perdió los reflejos y eligió mal al enemigo. Militares y neoliberales son impopulares y pertenecen al pasado. Además, los muertos políticos no pueden defenderse. El sector agropecuario, en cambio, estaba vivo, trabajando y recuperando poco a poco su economía después de varios años malos. El campo, además, maneja con destreza las mismas armas que empuña Kirchner: tiene mística. Ha producido íconos perfectos (son hijos de la imaginación) como Martín Fierro y don Segundo Sombra, que encarnan ideales grandes, cercanos a la identidad nacional. Significan independencia, orgullo, dignidad, valentía: valores imbatibles desde el punto de vista comunicativo. Pero el campo no sólo ha generado personajes literarios. Ha parido también hombres de carne y hueso que la historia ha sabido adornar. Juan Manuel de Rosas, Facundo Quiroga o Martín Miguel de Güemes forman parte de la era mítica, fundacional. Son más símbolos que personas: están enaltecidos y perfeccionados por el sentimiento nacionalista que casi todo argentino lleva adentro.

Por añadidura, los rituales del campo son variados, ricos y, para colmo, bastante genuinos. El peronismo de izquierda de los 70 tiene vivos a muchos de sus protagonistas, y necesita convertirlos en mitos con urgencia para que cumplan su rol. El campo, en cambio, tiene sus símbolos consolidados. Además de personajes (reales y de ficción), cuenta con su propia música, sus danzas, sus fiestas, sus comidas y sus bebidas. Tiene pruebas de valor como las jineteadas, y pruebas de ingenio como las payadas. Hasta tiene su propio humor.

La habilidad negociadora de Buzzi, Llambías, Gionio o Míguens parece haber sido grande. Y su desempeño frente a un micrófono, más que aceptable. Pero Alfredo De Angeli arengando a los suyos, imbatible. Llegó a faltarle un diente, y dejó muchas “s” sin pronunciar. Sonaba auténtico, vocero del sentido común, portador del lenguaje simple de la calle y del campo. ¿Qué podía hacer contra él una mujer que, detrás de su capa de maquillaje, decía de memoria sus discursos? ¿Nadie le advertía que los destellos de su reloj y de sus anillos la invalidaban para hablar de “piquetes de la abundancia”?
El campo tenía su propia mística, y por eso ganó la batalla de la comunicación. Hay organizaciones y políticos que lo entienden. Son los que llegan. Los que no, mantienen su mensaje monocorde, puramente racional. Logran a veces algún éxito, y después caen irremediablemente en el olvido.
Cobos, quizá cavilando como aquel 17 de julio, se pregunta si la mística es un don para algunos elegidos o si, de alguna manera, se puede construir con esfuerzo. Probablemente llegó la hora del pico y la pala.

Juan Iramain
Gerente General de Hill & Knowlton Argentina

El artículo se publicó en la edición de papel de la Revista Agromercado del mes de marzo.

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2 comentarios en “La mística como construcción”

  1. Dan Newland dice:

    Felicitacones, Juan. Una excelente radiografía de la importancia de una comunicación bien lograda y de la manera en que tenerla o no es la diferencia entre ganar y perder, sin importar mucho el verdadero contenido de la propuesta.

  2. Juan Iramain dice:

    Gracias por el comment, Dan.
    Cualquier crítica que tengas o tema que quieras proponer, es bienvenido.
    Abrazo,

    Juan

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