TIEMPOS DE CAMBIO
Reflexiones sobre la comunicación durante el debate de la ley de matrimonio de personas del mismo sexo.
El 15 de julio de 2010, tras 14 horas de sesión ininterrumpida y después de casi 3 meses de debate en comisión, el Senado aprobó el proyecto de ley que establece que las personas del mismo sexo puedan casarse. Fueron 33 los senadores que votaron a favor, 27 lo hicieron en contra y 3 se abstuvieron. El proyecto venía con media sanción de la Cámara de Diputados, donde había obtenido 125 votos a favor, 109 en contra y 6 abstenciones. La Argentina se convirtió así en el primer país sudamericano en legalizar los matrimonios gays.
Según una encuesta de Isonomía[1], la votación de los senadores –y antes, la de los diputados– contradijo el sentir popular: el 46,2% de la población estaba en contra del matrimonio de personas del mismo sexo, el 39,8% estaba a favor, y un 12,0% se encontraba indeciso. Sobre la adopción por parte de parejas homosexuales, las diferencias eran aun más acentuadas: el 61,0% estaba en contra de esa posibilidad, el 29,1% estaba a favor, y el 9,9% no tenía una opinión definida.
La mayoría derrotada no ha hecho un diagnóstico unánime sobre lo sucedido: algunos han insinuado que el Gobierno Nacional cuenta con métodos persuasivos demasiado convincentes para los senadores, otros que el ambiente artístico –pro gay– jugó un papel desequilibrante, otros que los medios en general no fueron neutrales. En definitiva, que la culpa fue de los demás. Pero también hubo algo de autocrítica: se ensayaron algunas frases alusivas a la falta de organización para visitar a cada uno de los legisladores, o a que no se explicaron bien los argumentos principales a favor del matrimonio tradicional. Incluso algunos lamentaron no haber contado con voceros más elocuentes para hacer atractivo el mensaje.
Es fácil coincidir con esas apreciaciones. Falló la táctica, o su implementación. Pero quizá lo que falló fue mucho más que eso.
Las prioridades populares
Las encuestas son contundentes: los requisitos para contraer matrimonio no forman parte de las preocupaciones de los argentinos. Ni mucho ni poco: nada. Un estudio de Ipsos Mora y Araujo de la segunda mitad de junio de 2010 arroja resultados inequívocos[2]. La primera preocupación, con una diferencia abrumadora, es la inseguridad. Detrás se encolumnan la falta de trabajo, la educación, la inflación, la marcha de la economía en general, los problemas de salud, la pobreza y la corrupción, en ese orden. El casamiento entre personas del mismo (o de distinto) sexo no aparece ni siquiera mencionado entre los 20 principales temas que preocupan a la gente.
Esto tiene múltiples consecuencias. Una de ellas es que un legislador puede votar casi de cualquier manera prácticamente sin pagar ningún costo político. Quienes pretendían influir en la decisión de un diputado o senador debían saber que, en un tema como éste, las marchas y manifestaciones, aunque fueran multitudinarias, tenían un valor sólo testimonial.
La sociedad abierta y sus enemigos
Así se tituló un libro que Karl Popper escribió en 1945 en el que describía a las sociedades abiertas, dialogantes, con más preguntas que certezas, opuestas a las sociedades cerradas, estáticas, poco dispuestas al diálogo. Los debates que empujan a la polarización dejan poco lugar para los matices. Cada parte, por decisión propia o por acción de su adversario –o por la suma de ambos factores–, poco a poco se convierte en prototipo de sociedad abierta o sociedad cerrada. Cuando el tema del debate es un cambio (en este caso, de la ley de matrimonio civil), el que lo promueve siempre encarna a la sociedad abierta y el que se resiste, a la sociedad cerrada.
La sociedad cerrada no consigue adhesiones. Se produce una espiral del silencio de la que es difícil salir. Pueden haber deserciones –a nadie le gusta identificarse con el grupo que resiste el cambio–, pero rara vez consigue nuevos adeptos. Si el que se resiste al cambio no es lo suficientemente persuasivo desde el principio, no lo será después.
Voceros y palabras
Cuando el canadiense Marshall MacLuhan acuñó su famosa frase “el medio es el mensaje”, expresaba entre otras cosas que los mensajes son también sus voceros. El matrimonio de personas del mismo sexo tuvo defensores que supieron generar empatía. Pepe Cibrián puso pasión y talento para hablar del “marica”, y media docena de parejas gays –algunas consolidadas, con décadas–, hablaron de sus amores, de sus historias, de sus proyectos. Luego, actores, actrices, cantantes, artistas de todo tipo salieron, unánimes a con un discurso único: la igualdad de derechos.
Se opusieron públicamente a la nueva ley la senadora Liliana Negre de Alonso, una decena de abogados, sacerdotes y obispos católicos, y representantes diversos de otras confesiones religiosas. Hablaron de la etimología de “matrimonio”, de los pactos internacionales con rango constitucional que establecen que el matrimonio es sólo entre hombre y mujer, y de los estudios médicos que demuestran que condición homosexual es una enfermedad. Algunos, además, añadieron dramatismo a sus argumentos con citas bíblicas que apoyaban su posición.
También expresaron –es cierto– que los chicos tienen derecho a tener una mamá y un papá, lo que generó cierta empatía. Pero retrocedieron los casilleros que habían avanzado cuando algunos resolvieron defender esta idea insinuando que un chico podría sufrir abusos si tuviera dos padres homosexuales.
Además de los voceros, las palabras por sí mismas cumplieron un rol. Los combates retóricos tienen un ganador antes de comenzar. Son los que se adueñan del centro del ring con conceptos como libertad, tolerancia, apertura y amor. Si además el contrincante opta por ironías como “lo próximo va a ser una ley que permita casarse con un perro o con un burro”, el resultado es seguro. Demasiados errores juntos.
A todo o nada
Mientras el proyecto de ley estuvo en debate en la Cámara de Diputados, la mayoría de los que se oponían plantearon como única alternativa válida el matrimonio entre hombre y mujer. La unión civil (quizá percibida como una claudicación), sólo se propuso cuando la ley ya tenía media sanción. Era tarde: los senadores sentían la presión de los números de la Cámara Baja y no estaban en condiciones de proponer un cambio sustancial al proyecto.
Quienes se oponían al matrimonio entre personas del mismo sexo entraron en la lógica del matar o morir. No fueron a negociar. Sólo cuando el peligro de quedarse sin nada se hizo evidente, cambiaron de estrategia. No funcionó.
El ABC de la negociación dice otra cosa: antes de sentarse a negociar se define claramente (sin comunicarlo a la otra parte) lo que se está dispuesto a entregar y en qué momento. Así no hay sorpresas ni se tiene que lamentar haber perdido, por distracción o falta de timing, lo que se consideraba clave.
El demonio
Con fecha 22 de julio, el Cardenal Jorge Bergoglio se dirigió por carta a las monjas carmelitas de Buenos Aires para pedirles oraciones en defensa de la familia argentina contra los embates del demonio. Allí decía: “No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política. Es la pretensión destructiva al plan de Dios. No se trata de un mero proyecto legislativo (éste es sólo el instrumento) sino de una ‘movida’ del padre de la mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios.” Poco antes de terminar la carta, recordaba, con palabras bíblicas, que “esta guerra no es vuestra sino de Dios”.
La carta, que evidentemente se dirigía a un público muy particular –monjas contemplativas–, se filtró a la prensa unos días después, cuando el debate estaba instalado en la Cámara Alta. Nunca se supo si fue sólo ingenuidad de un comedido o si una facción que consideraba “tibio” al Cardenal quería empujarlo a jugarse del todo por la causa. Lo cierto es que el tono apocalíptico de la carta y la identificación de la postura contraria como demoníaca significó un punto de inflexión en los debates relacionados con la ley.
Las enseñanzas resultaron obvias: 1) En temas delicados, los límites entre la comunicación interna y la externa son inciertos. Una filtración puede causar un desastre. 2) Si hay peligro de que un mensaje se entienda mal, no debe darse. Y si se decide comunicarlo de todas maneras a un público concreto, debe ser de manera oral. Scripta manet: lo escrito queda. 3) Los argumentos estrictamente religiosos no sirven para sumar adeptos. Con suerte, sólo confirman a los ya convencidos y, en sociedades plurales, casi siempre dividen.
El futuro
Nadie sabe cómo serán las próximas batallas. Sí parece claro, en cambio, que si se plantean precisamente como batallas, los resultados serán negativos.
Cuando se trata de leyes, el conservadurismo lleva la derrota escrita en su ADN: la sociedad cambia y los marcos normativos reflejan, antes o después, esos cambios. Voceros más simpáticos o elocuentes y mensajes presentados de manera más atractiva pueden lograr, a veces, alguna victoria efímera. Posponen uno, dos o cinco años la próxima derrota, pero no cambian la tendencia de retroceso, defensa y atrincheramiento.
Los casos de advocacy que se saben perdidos se resuelven proponiendo jugar otro juego: una especie de huída por el techo. El Cardenal Ratzinger (ahora Papa Benedicto XVI) parecía pensar en eso durante su debate con el filósofo Jürgen Habermas en enero de 2004, cuando reconocía que la pluralidad de la civilización hacía conveniente que la fe cristiana y la racionalidad secular occidental entraran en un proceso de mutuo “aprendizaje y autolimitación”, sin pretensiones hegemónicas de un lado ni el otro.
En términos de objetivos estratégicos, hay cambios sustanciales: no se trata ya de lograr que una ley refleje del mejor modo posible el punto de vista propio, sino de acumular, en el largo plazo, lo que Bourdieu llama capital simbólico. Quizá es momento de preferir que las leyes admitan la pluralidad y sirvan como marco común de convivencia, nada más. De este modo se revierte la tendencia. Así, el tiempo puede dejar de traer derrotas inevitables, más o menos demoradas por estrategias de comunicación astutas, y quizá permita mejorar la propia valoración pública. A partir de allí se puede construir.
Las empresas, las corporaciones y los grupos sociales o religiosos reescriben en estos tiempos sus manuales de supervivencia para un nuevo escenario: el de las sociedades plurales. En momentos así, sirven las palabras mil veces citadas de Albert Einstein: locura es hacer una y otra vez lo mismo y esperar resultados diferentes.
Juan Iramain
Gerente General de Hill & Knowlton Argentina
El artículo se publicó en la edición de papel de la Revista Imagen del mes de marzo.
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Página 3
Página 4
[1] Isonomía Consultores: 1698 casos, mayores de 18 años, 112 localidades del país distribuidas en CABA, PBA, Pampeana, NOA, NEA, Cuyo y Patagonia (1 al 7 de julio).
[2] Ipsos Mora y Araujo: 1200 casos, mayores de 18 años, CABA, GBA, Rosario, Mar del Plata, Córdoba, Mendoza, S.M. de Tucumán y Neuquén (15 de junio al 2 de julio).